Segundo día atípico
Mi realidad, como la de tantos, ha sido víctima de una sacudida que aún hace que nuestros cimientos internos cimbreen e intenten encontrar un punto de equilibrio. Hay momentos, en los que el sistema de alarma de mi pensamiento me augura que nada volverá a ser como antes, otras que, a pesar de ello, encontraremos la forma de atravesar la tormenta y de amoldarnos a una nueva forma de vivir y de ser. Desde luego no va a ser un camino fácil, y unos esteramos más o menos preparados que otros. Pero, aún así, la vida es esperanza y a ella hay que encomendarse como fervientes creyentes.
Son momentos para crecer, fortalecer la mente y armarse de conocimiento y voluntad para afrontar los cambios. La idea es no permanecer pasivos, sino transformarse. Aprovechemos para aprender, para escuchar nuestro corazón, más que a nuestra cabeza. Usar el poder de la imaginación para crear, creer y atraer aquello que nos hace cosquillas en el estómago. Dar el lugar más reverenciado y relevante a todo gesto amable, a cada caricia y cada beso que vengan en los días buenos... Porque, el tocarnos, el abrazarnos corazón con corazón y el beso en la mejilla, serán la mayor de las celebraciones, serán los mejores momentos del día. Este frenar repentino con olor a goma quemada, nos blindará frente a las pequeñas preocupaciones cotidianas, frente a egos voluminosos, frente a intolerancias nacidas de la ignorancia,...
No cabe duda de que todo cataclismo deja una huella de devastación, pero, también tengo la certeza de que, además, de este mismo desastre, surgirán pequeños brotes. Brotes de esperanza, de tolerancia, de solidaridad, de risas, de muchas risas,...De aceptación, de ganas de reinventarse y, sobre todo, de ganas de amarse, amarse sin fin y sin límites.

